Codi empezó a volverse para mirar a la mujer, pero se paró a tiempo. La sustitución del implante le había provocado un ligero vértigo que aumentaba con cualquier movimiento brusco. Optó por echarse más cómodamente en el sillón y cerrar los ojos.

— Los canales musicales mueven mucho dinero — musitó—, pero no sabía que eran tan poderosos como para dejar de amoldarse a los gustos individuales de los clientes. ¿Algo que gusta a todos? No me lo creo.

— Bueno, es la teoría. Aún no han salido al mercado porque tanto Magnum Air como Resonance quieren hacerse con los derechos. La compañía que los ha inventado era prácticamente desconocida, y dicen que saldrá muy beneficiada.

—¿Cómo se llaman los héroes del momento?

— Emociones Líquidas… creo. Hemos acabado — la muchacha sacudió las manos—. Ya tiene su conexión y se acopla estupendamente a ella. No se olvide de pasar por el mostrador.

— Jamás se me ocurriría.

La técnico se inclinó sobre Codi por última vez, manos en jarras, la nariz salpicada de pecas arrugándose en una expresión de diversión mal disimulada.

— Mucha gente se olvida cuando empieza a recibir avisos de llamadas. Sabemos que no lo hacen de mala fe. Ya se entiende, la vuelta a la realidad. ¡Disfrute de su nueva conexión!

— Gracias… Lo haré.

Se fue con decepcionante rapidez. Cerrando los ojos por un nuevo acceso de vértigo, Codi se puso en pie poco a poco. Echó un vistazo a su reflejo en el espejo del pequeño quirófano. Tenía una mancha de gel anestésico en el cuello, transparente y quebradiza ahora que había empezado a secarse. La quitó con un poco de agua, y a falta de un peine alisó sus mechones castaños con la mano. Salió a la recepción y la encontró vacía. Numerosos panfletos con precios cubrían la pared. Aparte de los precios, había maquetas de los implantes en uso: todas muy parecidas entre sí, tiras largas y planas enrolladas sobre sí mismas. Hechas a gran escala parecían enormes, cuando en realidad apenas resultaban visibles al ojo humano.



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