
La técnico pasó silenciosamente detrás de Codi, acompañando al pequeño quirófano a un nuevo cliente. Su jefe, un hombre entrado en años, canoso y vestido con su correspondiente bata blanca, salió desde el interior y se acercó al mostrador.
—¡Señor Weil! Ya estoy con usted. ¿Todo en orden?
— Sí.
— He visto que estaba observando las maquetas.
—¿Meten todo esto aquí dentro? — Codi señaló su oreja.
Era un comentario ridículamente obvio, pero casi todos los comentarios sociales lo eran. En la cara del hombre, el entusiasmo floreció donde antes sólo había cortesía.
—¡Por supuesto! Se hace un pequeño agujero en el tímpano y después en el hueso que rodea el oído interno. Esto — el hombre señaló la lámina enrollada— se introduce en la cóclea, la parte del oído interno que transforma las ondas mecánicas en impulsos nerviosos. Los implantes…
— Parece muy interesante — le interrumpió Codi con suavidad—, pero creo que prefiero mantener intacto el encanto del misterio.
—¿Misterio? ¡Esa intervención lleva haciéndose desde hace más de un siglo! Inicialmente en casos muy seleccionados, pretendiendo solucionar problemas gravísimos de audición… Los resultados eran ciertamente cuestionables, pero desde que puede hacerse de forma totalmente segura hemos tenido una verdadera revolución en las comunicaciones.
Codi asintió: saltaba a la vista que el hombre tenía ganas de hablar. Por pura cortesía, hizo lo posible por prestar atención a pesar de que justo en aquel momento el pronóstico de la técnico empezó a cumplirse. Mientras la conferencia sobre implantes seguía, fue discretamente informado de que tenía trece llamadas sin contestar. Lo más fácil hubiera sido interrumpir al encargado y atenderlas pero, viendo el interés que ponía en la explicación, a Codi le supo absurdamente mal.
