—¿Ha visto alguna vez uno de éstos?

Codi aceptó el objeto que le tendía y le dio vueltas entre los dedos. Sonrió estoicamente mientras el recordatorio se repetía una y otra vez en segundo término.

— No.

El aparato tenía el tamaño de la palma de Codi. Era bastante plano, con una pequeña pantalla y diminutos botones con los números del cero al nueve. No era una imitación: la superficie estaba deslustrada. Parecía auténtico, y ciertamente antiguo.

— Tecnología punta de medio siglo de antigüedad — le explicó el hombre con orgullo—. Era necesario que dos personas poseyeran un aparato así para que tuvieran el privilegio de comunicarse a distancia. Por supuesto, dejaba de funcionar con frecuencia y se olvidaba en cualquier parte. Lo que hemos avanzado… Increíble, ¿verdad?

— Sí.

— Son doce con treinta y cinco por el implante y sesenta y dos con cuatro por los trámites de conexión. Setenta y cuatro con treinta y nueve en total.

Codi asintió. Se estrecharon la mano, sellando el pago, y el periodista salió de la clínica sintiéndose un poco menos libre que cuando entró. Era absurdo estar defraudado por haber sido atendido tan rápido y tan bien, pero así era como estaba empezando a sentirse. Al descubrir el fallo del implante, había supuesto que el arreglo le ocuparía el día entero. Había hecho… podía llamarlos planes alternativos, pero la mañana aún no había terminado y el problema ya estaba solucionado. Era demasiado pronto para no volver a la redacción. No era su costumbre escaquearse del trabajo, pero Harden se volvía un poco más exigente y gruñón con cada día que pasaba… Unas horas lejos del vigilante ojo del jefe le habrían permitido organizar varios asuntos atrasados.

Avisos automáticos para Weil, Candance. Tiene trece llamadas sin contestar. Tiene cinco mensajes sin escuchar. Tiene…



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