
– Entiendo.
La voz de la joven seguía siendo fría, despojada de emoción. Sir Ralph despachó de manera escrupulosa y sucinta las frases que restaban.
– Lady Ann, el príncipe regente quiere que le asegure que no es necesario apresurarse a disponer de las posesiones del conde, en vista de la fiabilidad de los testigos. Si usted lo desea, puedo informar al abogado de usted de estas trágicas circunstancias.
– No! -la hija del conde se levantó de la silla de un salto, con las manos apretadas, delante de sí.
Sir Ralph se puso rígido, y la miró, ceñudo. ¿Qué pretendía la muchacha? ¿A qué venía toda esta escena? ¿Acaso la madre, esa encantadora y frágil mujer, no tenía ningún control sobre la hija?
Con voz demasiado suave para el gusto de sir Ralph, lady Ann dijo:
– Mi querida Arabella, sin duda sería mejor que sir Ralph se comunicase con el abogado de tu padre. A fin de cuentas, nosotros ya tenemos demasiado que hacer.
– No, madre.
Arabella dirigió la mirada de sus fríos ojos grises al rostro acalorado de sir Ralph: no cabía duda alguna de que eran los ojos del conde. Y la misma frialdad del difunto conde. Sí, la maldita impertinente debía de tener la arrogancia del padre, aunque sir Ralph no se atrevería a afirmar que el difunto no merecía cada átomo de arrogancia que se dignaba manifestar.
– Agradecemos su bondad, sir Ralph, pero nos corresponde a mi madre y a mí hacer los arreglos necesarios, cualesquiera que sean. Por favor, hágale llegar nuestra gratitud al príncipe regente. Sus palabras serían capaces de conmover al corazón más helado.
