
¿Y eso qué significaría? A sir Ralph no le agradaba la ironía, lo irritaba. Le fastidiaba tener que descifrarla, tratar de desentrañarla, para terminar descubriendo que no había la menor intención irónica. En cambio, lo que sí había entendido con suma claridad era que la muchacha estaba despidiéndolo. ¡A él! Para ganar tiempo y no tirar de las orejas a la muchacha, sir Ralph se quitó las gafas con lentitud y, con la misma lentitud, levantó su voluminoso cuerpo de la silla.
Arabella también se levantó y, para desdicha del hombre, sus ojos grises quedaron al mismo nivel que los de él. Pensó que tenía unos ojos invernales, fríos y duros como los del padre. Se preguntó si alguna vez se volverían cálidos como había visto una vez que sucedía con los del padre, cuando tocó los exquisitos hombros blancos de una joven cortesana. No debía evocar semejantes cosas, y menos aún en presencia de la viuda. Lo olvidaría en ese mismo momento.
La hija le tendió una mano delgada. Si bien la voz fue cortante, ni el individuo más riguroso podría hallarle el menor error:
– Gracias. sir Ralph. Como ve, la noticia ha sido un golpe considerable para mi madre. Si ahora nos disculpa, tendré que ocuparme de ella. Haré que Russell lo acompañe a la salida.
El hombre se sorprendió, reaccionando como lo hubiese hecho ante el padre, moviéndose de prisa y hablando con su tono más conciliador:
– Sí, sí, claro. Mi querida lady Ann, si hay algo que yo pueda hacer, cualquier cosa para aliviar el pesar que ahora la aflige, no dude en hacerme llamar, y yo acudiré de inmediato a ayudarla.
Al mismo tiempo pensaba: "siempre que esta perra de hija no esté con usted". Prefería a la mujer tierna, de hablar suave, obediente, corno lady Ann. Sin embargo, se preguntó por qué el conde habría tenido una amante en Londres, otra en Bruselas, y, según lo que sir Ralph sabía, frecuentaba los burdeles de Portugal. Ah, sin duda una mujer frágil como lady Ann no esperaría satisfacer las necesidades de un hombre tan exigente como el difunto conde debía de ser. En cuanto a la hija, admitía que era hermosa, pero tan fría, tan directa, tan poco conciliadora…
