
Se aclaró la voz, porque se acercaba lo más difícil.
– Sin embargo, mi querida lady Ann, nos vemos en la penosa obligación de informarle que todavía no se han recuperado los restos del conde del campo de batalla.
– Sir Ralph, su visita, ¿no será un tanto prematura? ¿No es muy posible, acaso, que mi padre aún esté vivo?
La pregunta fue formulada en tono frío y carente de inflexiones, bajo el cual sir Ralph detectó una chispa de esperanza, casi un desafío a su autoridad y posición. Tuvo buen cuidado de reservarse las últimas frases que le quedaban por pronunciar, y dirigió su mirada miope hacia la hija del conde de Strafford, lady Arabella. No se parecía a su madre en absoluto. Era la viva imagen del padre, con su cabello retinto y sus claros ojos grises. El hombre se aclaró la voz.
– Mi querida joven, déjeme decirle que, sin duda, no estaría yo cumpliendo esta desdichada misión si el fallecimiento de su padre no fuese un hecho comprobado. -Había hablado con cierta aspereza, y se apresuró a suavizar el tono-. Lo lamento mucho, lady Ann, lady Arabella, pero hubo testigos fiables cuyas afirmaciones no pueden contradecirse. Se realizaron investigaciones exhaustivas en las que intervinieron numerosos hombres. -No quería mencionar todos los restos calcinados que fue preciso examinar-. No hay duda de que el conde murió en el fuego. No había posibilidades de que sobreviviese. Por favor, no alberguen la idea de que existe una probabilidad de que esté vivo, porque es imposible.
