La condesa había desviado el rostro, y no se levantaba. Lo único que manifestó que había escuchado sus palabras fue un leve movimiento de cabeza. Por todo lo sagrado, qué mujer tan exquisita. En realidad, no quería alejarse de ella, pero no tenía más remedio, mientras ese dragón que tenía por hija estuviese mirándolo como si quisiera cortarlo en pequeños trozos con un cuchillo que debía de llevar en la cintura.

– Adiós, sir Ralph -dijo Arabella, con voz invernal como los ojos de su padre.

Volvió a pensar que le hubiese gustado tomar entre las suyas las pequeñas manos trémulas de la condesa, de asegurarle que la protegería. La consolaría, compartiría su pena, por más que el difunto no le hubiese prestado a él tanta atención, pues el conde no hacía demasiado caso de nadie que no considerase apto para matar franceses. Sin embargo, no estaba en condiciones de satisfacer sus deseos. Con desgana, apartó la vista de la bella condesa, para posarla en el rostro duro y severo de la hija del difunto conde.

Cuando la puerta de la sala se cerró con un chasquido a sus espaldas, lo asaltó otra vez la idea de que la hija del conde estaba moldeada a imagen y semejanza de su padre. La similitud física era impresionante: el mismo cabello renegrido, las cejas oscuras de altivo arco, los arrogantes ojos grises. Pero el parecido no se detenía en los rasgos físicos: se extendía al temperamento. En ambos, era orgulloso, autoritario y extremadamente capaz. Aun cuando a sir Ralph no le agradase ser despedido por una muchacha de dieciocho años, en verdad lamentó que no hubiese nacido varón. Por lo que acababa de presenciar, gozaba de perfecta capacidad para ocupar la posición del padre.

La condesa de Strafford alzó la mirada de los ojos azules hacia el rostro finamente cincelado de su hija.



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