– En verdad, querida, ¿no crees que has sido un poco dura con el pobre sir Ralph? No dudarás de que tiene buenas intenciones. Estaba tratando de ahorrarnos dolores innecesarios.

– Mi padre no tendría que estar muerto -dijo Arabella, en tono frío-. Qué desperdicio tan estúpido. Guerra estúpida, estúpida, para apaciguar la ridícula ambición de hombres estúpidos. Dios querido, ¿acaso puede haber algo más injusto?

Se apartó de los brazos abiertos de su madre, y golpeó con los puños la pared cubierta de madera.

Mi pobre hija tonta. No me dejarás consolarte, porque eres muy similar a él. Te condueles por un hombre cuya sola existencia convirtió la mía en una desdicha sin fin. ¿No hay en ti una parte de mí? Pobre Arabella, no es un despreciable signo de debilidad derramar lágrimas.

– Arabella, ¿a dónde vas?

La condesa se levantó de prisa, y corrió tras su hija.

– A ver a Brammersley, el abogado de mi padre. No ignorarás quién es, madre. Ese bufón incapaz intentaba seducirte cada vez que papá estaba fuera de Inglaterra. Maldición, odio tratar con él, pero desgraciadamente, papá confiaba en él. Y hablando de bufones, no creo que el ministro haya enviado a sir Ralph. Por Dios, creí que trataría de conquistarte aquí mismo.

– ¿Seducirme? ¿Sir Ralph? ¿Ese viejo barrigón?

– Sí, mamá -dijo Arabella, haciendo gala de toda su paciencia-. ¿Acaso estás ciega?

– No advertí nada incorrecto en la presentación de sir Ralph. Fue muy correcto. Pero en este momento no estás en condiciones de salir, queridísima. ¿No querrías una taza de té? ¿Descansar un rato en tu recámara? Quizás, aunque seguramente será improbable, querrás hablar conmigo, ¿eh, Arabella?

– No estoy cansada, ni me siento débil o floja -dijo Arabella, sobre el hombro. Y siempre hablo contigo, madre. Conversamos no menos de tres o cuatro veces al día. -Pero no aminoró el paso.



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