
La condesa sostuvo la mirada tormentosa de aquellos ojos grises con la propia, firme, y dijo, marcando las palabras, con un tono de tristeza:
– Sí, cariño, lo entiendo. Estaré perfectamente. Vete ya, Arabella, y haz lo que debes hacer.
La condesa se sentía mucho más vieja que sus treinta y seis años. Tuvo que recurrir a toda su voluntad para arrastrarse hasta una ventana de arco que daba al frente y dejarse caer en una silla alta. Una espesa niebla gris se arremolinaba en torno de la casa, entrelazándose con las ramas de los árboles y oscureciendo la hierba verde del pequeño parque que había frente a la casa.
Vio que el cochero John sujetaba a los inquietos caballos. Y ahí estaba Arabella, cruzando el sendero de laja con su paso largo, seguro, con el aspecto desolado que le conferían el vestido negro y la capa. Arabella lo arreglaría todo, y nadie sabría que esa energía decidida e implacable embozaba una pena desesperada.
Tal vez sea mejor que no busque consuelo en mí pues, en ese caso, también tendría que fingir dolor. Ella no podría comprender que la muerte de él no significa para mí otra cosa que el fin de mi prisión. La furiosa energía de mi hija consumirá su angustia. Mejor así. Querida Elsbeth, inocente niña semejante a un duende, como yo, tú también quedas libre. Debo escribirte, pues ahora perteneces a Evesham Abbey. Ahora puedes regresar al hogar, al hogar de Magdalaine. Qué breve fue tu vida, Magdalaine. Pero ahora, tu hija quedará a mi cargo. Yo la cuidaré, le lo prometo. Gracias, Dios, Porque él se ha ido. Para siempre.
