
La condesa se levantó de la silla con tal arranque de energía que los rizos rubios se agitaron en torno a su cara. Echó la cabeza atrás y se acercó, decidida, hasta el pequeño escritorio que había en un rincón de la sala. Era la suya una actitud poco común, de confianza que renacía, por instinto, después de dieciocho años. Con movimientos vivaces, casi alegres, mojó la pluma en el tintero y apoyó la mano sobre una hoja de elegante papel de escribir.
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Evesham Abbey, 1819
Los rotundos cascos de Lucifer dispersaron la grava a los lados del sendero bordeado de limas. El paso rítmico, potente, no daba demasiado descanso al jinete.
Arabella se volvió en la montura y echó una mirada atrás, hacia su hogar. La abadía Evesham se erguía, orgullosa, a la luz difusa de la mañana, los muros de ladrillo cocido al sol se extendían hacia lo alto, rematando en innumerables chimeneas y aguilones. Eran cuarenta aguilones en total: los había contado. Cuando era una niña de ocho años, comunicó, ansiosa, su proeza aritmética a su padre que la miró asombrado, soltó una franca carcajada, y le dio un vehemente abrazo que le dejó las costillas doloridas hasta el Día de San Miguel.
Cuántos años hacía. Y ahora, no había nada. Nada, más que esos cuarenta aguilones. Y ellos quedarían hasta después de que ella hubiese muerto.
En la bóveda familiar de mármol habían sepultado un ataúd vacío. Una vez que se hubieron marchado todas las mujeres, excepto Arabella, cuatro de los granjeros del padre alzaron una gran pizarra de piedra sobre el ataúd, y el herrero de la región emprendió la ardua tarea de excavar, dispersando fragmentos de piedra, dejando trazado el nombre del conde, sus títulos, y las fechas entre las que se encerraba su vida. El ataúd vacío estaba Colocado junto al de Magdalaine, la primera esposa del conde. Ver el hueco que había al otro lado del cajón de su padre daba frío a Arabella, porque estaba destinado a su madre.
