Con aire de tranquila autoridad, rígida y fría como la pared de mármol que había a sus espaldas, permaneció inmóvil hasta que, al fin, cesó el estrépito del martillo y el cincel del herrero, con su monótono golpear.

Arabella condujo a Lucifer por el sendero de grava hasta otro más estrecho que atravesaba el bosque de la propiedad, hasta un pequeño estanque con peces, engarzado como una exquisita gema redonda entre el verde de los robles y el follaje de los arces. El día era demasiado caluroso para el pesado terciopelo del traje de montar. El sol de la mañana caldeaba la oscura tela negra, pegándole la camisa a la piel. Lo único que rompía la severidad de su atuendo era un toque blanco en el cuello, y hasta esos suaves pliegues de lienzo le hacían arder la piel.

Arabella se apeó del musculoso lomo de Lucifer, y lo ató a un arbusto de tejo bajo y grueso. No se molestaba en usar montura. Recordaba con toda claridad el día en que su padre la había llevado aparte, cuando ella tenía sólo doce años, y le dijo que no quería correr el riesgo de perderla, porque, a su edad, era la mejor jinete del condado. Las monturas de costado eran trampas mortales. No podría cazar, montada en una de esas monturas de mujer. Si quería, podía posar en una de ellas mientras un artista pintaba su retrato, pero nada más. O montaba a horcajadas, o montaba a pelo.

Levantó el borde de la falda de la hierba húmeda y caminó con lentitud por la orilla del agua tranquila, hasta el otro lado, cuidando de no enredare en los largos y sedosos juncos. Eran muy bellos, y la perspectiva de enredarse en uno de ellos era catastrófica para ella.

Qué bendito alivio escapar de tantos visitantes ataviados de negro, con sus largas caras graves, que bajaban la cabeza hacían reverencias y recitaban con voces bajas y pesarosas sus frases automáticas de pésame.



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