– La condesa está muerta, milord. Ya no hay nada que usted o yo podamos hacer por ella. Y le repito, su muerte se produjo sin dolor.

El conde se quedó inmóvil, largo rato, junto a la cama. Por fin, se dio la vuelta y dijo, más para sí mismo que para el médico:

– Es una desgracia que yo no haya llegado a tiempo. He perdido. Maldición. Esos malditos franceses mentirosos… No es justo.

Sin mirar otra vez a su esposa muerta, se dio la vuelta con brusquedad y salió de la habitación, haciendo resonar las botas con fuerza sobre el piso de roble.

2

Ann

Evesham Abbey, 1792


Había cuatro personas rodeando a la mujer desnuda que se retorcía, sobre sábanas empapadas de sudor. Hacía muchas horas que el médico había tirado su abrigo sobre la mesa, y a esas alturas su camisa blanca estaba suelta en el cuello y los puños. Finas líneas de fatiga le tensaban la boca, y el sudor le perlaba la lisa frente. Era un hombre joven, pero la muchacha acostada era más joven aún, de sólo dieciocho años. Y él tenía su vida en las manos.

La comadrona y el ama de llaves, con los ojos enrojecidos, vigilaban, silenciosas, al pie de la cama, con las manos colgando, inútiles, a los costados.

Hacía un calor bochornoso, tan asfixiante que la mujer, en su dolor, había apartado las mantas, sin importarle que su cuerpo henchido quedase expuesto ante estas personas. Ya no podía pensar, hasta estaba más allá de ese dolor arrasador, que amenguaba rápidamente, para explotar, luego, con más fiereza en su vientre, arrancándole desgarradores gritos roncos de la reseca garganta.

En ese momento estaba acostada, jadeando, recuperado el sentido por unos instantes, mientras ese dolor torturante se agazapaba para atacar otra vez su cuerpo. Levantó la vista hacia el médico; sus grandes ojos azules estaban empañados por el miedo y el dolor.



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