
El médico se inclinó sobre ella para enjugarle los regueros de sudor de la frente, y le acercó un vaso a los labios.
– Beba agua, lady Ann. Eso. No, más despacio. Yo lo sostendré todo el tiempo que quiera. Beba con lentitud.
Cuando terminó de beber a su satisfacción, él le dijo:
– Lady Ann, debe intentarlo con más empeño. Debe empujar hacia abajo con todas sus fuerzas cuando yo se lo diga. ¿Me entiende?
La mujer se pasó la lengua por los labios cuarteados y gimió, exhaló un sonido de impotencia porque se sentía impotente, cautiva de su cuerpo y de esas fuerzas que nadie podía frenar. Ansiaba con desesperación librarse de ese cuerpo preñado. Buscó los firmes ojos oscuros, y deseó ser una parte de él. Ese anhelo era tan intenso que el hombre sintió esa parte de ella que era una muchacha risueña, dulce, grabada a fuego en lo más hondo de su ser. Se le quebró la voz cuando se arrodilló junto a ella y tomó entre sus manos los dedos laxos.
– Lady Ann, por favor, no puede, no debe rendirse. Por favor, ayúdese, sé que puede hacerlo. Es fuerte, quiere vivir. Lo logrará, tiene que lograrlo. Dará a luz a su hijo.
De la garganta de la muchacha escapó un horrible alarido, y en ese momento quedó perdida para él, sumergida dentro de ese cuerpo al que crueles contracciones atenazaban el vientre.
El médico se apresuró a meter la mano dentro de ella, tanteó la cabeza de la criatura, y le gritó:
– ¡Empuje! ¡Ahora, empuje hacia abajo!
Vaciló sólo un instante, y luego, apoyando los dedos sobre el vientre, empujó hacia abajo con todas sus fuerzas.
El grito de la parturienta y el llanto de la recién nacida se unieron, quemándolo a fuego en las entrañas.
El médico entró con paso blando en la biblioteca del conde, y permaneció de pie, agotado, en la habitación semipenumbrosa, con las cortinas corridas.
– Tiene una hija, milord. Lo felicito. Es la viva imagen de usted. Su esposa está muy débil, pero vivirá.
