Estaba tan exhausto que no sabía cómo no se caía, mientras esperaba que el conde hablase. Indiferente, el conde se pasó los dedos por el chaleco inmaculado, miró con desagrado la camisa manchada de sangre del médico, y dijo, sin entusiasmo:

– Una niña, ¿eh, Branyon? Ah, bueno, pero para ella es la primera. Todavía tiene muchos años de juventud para darme hijos varones. Supongo que, el año que viene, tendré a mi hijo. Sí, a las señoras les encantan los recién nacidos, y ella pronto querrá otro. Esa debilidad no tiene ninguna importancia. Al terminar la semana, la olvidará, si es que la niña vive, por supuesto. Muchos no sobreviven. Elsbeth lo logró, pero tal vez esta no. ¿Quién sabe?

El médico sintió que le subía a la garganta una bilis amarga. ¿Acaso no había oído los gritos de la esposa? Esos gritos interminables. No había un criado de la casa que no tuviese el rostro despojado de color. Sin duda el conde, el esposo, la había oído. Seguramente, estaría, cuando menos, algo preocupado.

El médico jamás olvidaría ese sufrimiento. Quiso matar a ese hombre, no por haberla preñado sino por no importarle si sobrevivía o no. Para ese canalla, era lo mismo. Sí, deseaba matarlo, lo deseaba con fervor. Quizá le disparase entre los ojos. Pero no podía. Logró controlarse, y, aunque quería gritárselo, dijo, con su desapegado tono profesional:

– Me temo que eso no será posible, milord. -Hizo una pausa, al ver que el rostro del conde se ensombrecía. Ese rostro era apuesto, fuerte, inteligente, y el doctor Branyon lo odiaba tanto como al dueño de ese rostro. Ah, pero se deleitó al comunicarle la noticia a ese maldito-: ¿Sabe, milord? Lady Ann ha estado a punto perder la vida al dar a luz a su hija. Cuando he dicho que vivirá, me refería a que ha estado a punto de morir desangrada. -Se interrumpió un momento, gozando de las palabras antes de pronunciarlas y, al fin, dijo-: Ha quedado incapacitada para concebir más hijos de usted.



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