
El conde se levantó de un salto, gritando:
– ¡Que el diablo se lo lleve, Branyon! ¡La muchacha no tiene más que dieciocho años! Su madre me aseguró que tenía caderas anchas, que sería una excelente madre. Yo mismo le medí el vientre con la mano y, aunque es pequeña, no toqué los huesos de la pelvis. Su madre ha concebido seis hijos, cuatro de ellos, varones. Maldición, la elegí por su juventud, y por las seguridades que me dio su madre. No toleraré esto. Usted debe de haberse equivocado.
¿Los padres habían permitido que ese hombre tocara a su hija? ¿Le habían dejado ponerle la mano en el vientre? Jesús, qué repugnante.
– Por desgracia, milord, la edad de la señora no tiene nada que ver, ni tampoco el ancho de las caderas. No podrá tener más hijos, varones ni mujeres.
Dios, cuánto odio a este hombre. Aunque mi profesión consiste en preservar la vida, aun así quiero matarlo. Mi pobre Ann… tú no significas nada para él, igual que pasó con Magdalaine. Y ahora tiene otra hija a la que ignora, quizás hasta para apartarla de sí Tú, por lo menos, no tendrás que soportarlo otra vez.
El conde se apartó del médico, y echó una larga y fluida sarta de maldiciones. No oyó cuando el médico salía de la biblioteca para volver a la recámara de la planta alta, para mantener la vigilia junto a la esposa de aquel hombre.
3
ArabellaCasa Strafford en la ciudad Londres, 1810
Si Ralph Wigston miraba por encima de sus gafas mientras pronunciaba elegantes y familiares frases de condolencia. Había aprendido de memoria el breve mensaje del Ministerio, convencido de que debía tal esfuerzo mental no sólo a la encantadora viuda del conde sino al mismo conde de Strafford.
El difunto había sido un hombre magnífico, conocido por su notable inteligencia, su sobresaliente habilidad para leer la mente del enemigo y reaccionar de inmediato, teniendo la intuición como poderoso aliado.
