
Orso abrazó a Aranmanoth, y conoció el aroma a trigo de sus largos y dorados cabellos, tan rubios como jamás viera y, acariciándolos con sus dedos, palpó en sus extremos una pequeña trenza. Así era cada mechón, como una delicada espiga.
– Encantamiento -se dijo una vez más, llevándose a los labios aquella espiga amada y nacida de sus más remotos deseos-. Encantamiento.
Despertó a la casa, despertó a todos sus habitantes, desde el más engreído mayordomo al más travieso pinche de cocina.
Reunió a su gente en el patio y, llevando de la mano a Aranmanoth, dijo:
– Éste es mi hijo muy amado, éste es Aranmanoth, Mes de las Espigas, y en él descansa toda mi esperanza y cuanto poseo. Respetadle, amadle y temedle, porque en él deposito todos mis deseos.
Por supuesto que ninguno de cuantos escucharon estas palabras comprendió su significado. Acaso, el mismo Orso tampoco. Pero la antigua voz hablaba entre sus labios. Y un suave, dulce temblor hacía que sus palabras, si no comprendidas, fueran acatadas.
A partir de aquel día Orso fue requerido, cada vez con más frecuencia, por su señor, el Conde. Éste engrandecía sus dominios con una rapidez asombrosa, y su nombre era cada vez más conocido por la crueldad que demostraba con quienes se oponían a sus intereses, como por su generosidad hacia quienes le eran adictos. El Conde, tan oscuro en su apariencia como brillante en sus hazañas, era extremadamente astuto y buen conocedor de las miserias humanas.
