
Utilizaba con gran sabiduría tanto la bien adiestrada tropa a su mando, como la humana naturaleza de cuantos le rodeaban y servían. Apreciaba a Orso por su lealtad. Le tenía por buen soldado -aunque sin rozar el heroísmo-, y esta particularidad era muy bien considerada por un hombre como el Conde, que no se dejaba llevar por actos heroicos, sino por el buen sentido, la prudencia y la lealtad. Y de este modo, día tras día, escaramuza tras escaramuza, Orso fue ascendiendo en su consideración y, naturalmente, en su posición. Porque, al fin y al cabo, Orso era bueno, valiente sin locura, de talante noble, porque no había ocasiones de no serlo y, si acaso alguna vez se le presentó esta posibilidad, o bien no se enteró de cuántos beneficios podría obtener, o bien éstos se le antojaron demasiado trabajosos comparados con los provechos que podrían reportarle. El caso es que Orso acabó siendo, si no la persona más adecuada para que el Conde le tuviera como brazo derecho, al menos sí un cómodo bastón.
Y así fue como un buen día, durante una de las muchas cacerías a caballo con las que el Conde entretenía sus ocios entre batalla y batalla, tomó del brazo a Orso y llevándolo consigo a un lugar apartado, bajo la sombra de una gran encina, le dijo:
– Querido Orso -la voz del Conde tembló de emoción al pronunciar estas palabras-, he de confiarte algo que nos atañe a ambos.
– ¿Qué es, señor? -murmuró Orso temiendo cualquier cosa.
Porque el joven Señor de Lines, aunque más o menos satisfecho de su vida, acostumbrado como estaba a vivir entre sus gentes, sin grandes esperanzas ni tampoco grandes pesares, en lo más escondido de su corazón abrigaba la sospecha de que alguna desventura le acechaba y estallaría cuando menos lo esperase.
– Quiero que te cases, que tengas muchos hijos y así consolidar tu situación… -el Conde se interrumpió unos segundos, pensativo-. Te concederé un feudo con derecho a herencia… ¡Pero, eso sí! Mantendrás siempre tu vasallaje.