
Orso no supo qué decir. La impresión causada por las palabras del Conde le hizo enmudecer. Entendía lo que decía su señor, pero a la vez intuía que algo escapaba a su olfato de humilde perdiguero.
– Vuestras palabras me honran -murmuró, al fin, cautamente-. Pero sabed, señor, y con ello sé que esta confesión puede acarrearme infortunios, que no deseo en modo alguno contraer matrimonio.
Y añadió en tono respetuosamente confidencial:
– Las mujeres, en general, no me gustan. Claro que… hay excepciones. Y, para complaceros, estoy dispuesto a conocer a alguna.
El Conde no acostumbraba a oír de sus vasallos tamaña sinceridad y, tras la primera sorpresa, consideró y apreció la nobleza de las palabras de Orso. Reflexionó durante unos segundos y, al fin, dijo:
– Comprendo cuanto acabas de confesar y aprecio tu honestidad. Muy pocas son las personas, entre las que me rodean y adulan, que tienen el valor necesario para exponer ante mí sus debilidades. Y menos común es aún el hecho de que esto suceda tras haberles ofrecido una mejora en sus vidas… ¡Muchacho querido! -y Orso estuvo a punto de caerse del caballo, puesto que aquellas palabras dirigidas a él le parecían un ave errante, de esas que huyen hacia los países cálidos cuando llega el invierno. Y para él, tras haber escuchado a su señor, el mundo era ya implacable invierno.
Continuó el Conde:
– He elegido para ti una bellísima criatura con todo el candor de una doncella. No lo olvides, Orso. Durante mis incursiones por el Sur he sellado y concertado acuerdos muy sensatos con algunos de aquellos señores que se creen reyes sencillamente porque sus ciudades están amuralladas… En fin, creo que sabes a quiénes me estoy refiriendo -Orso no tenía la menor idea de aquellas gentes puesto que nunca había acompañado a su señor en sus hazañas por el Sur, un territorio que constituía para él un gran misterio, casi una leyenda, pero que tampoco le inquietaba en exceso-.
