Uno no es responsable de lo que sueña, y a veces tampoco de lo que escribe, o más bien de lo que siente en cada ocasión que puede escribir: una mañana nublada de principios de marzo, en Virginia, me encontré acordándome de la oficina militar de San Sebastián en la que había trabajado cuando volví del permiso de la jura, y de los cielos nublados que se veían desde la ventana, y las dos imágenes, separadas por más de una década y por todo un océano, resonaron o se correspondieron entre sí en una semejanza inesperada. La soledad y el silencio de mi habitación monacal de Virginia se parecían a los de aquella oficina en las mañanas invernales de domingo, cuando el cuartel estaba casi vacío y yo aprovechaba aquella quietud para ponerme a escribir en una hermosa Olympia con la carrocería de color de bronce, dura y curvada como un casco de guerra. En vez de la hoja de papel yo tenía ahora frente a mí la pantalla luminosa del ordenador, pero el espacio en blanco era el mismo, el espacio en blanco y también el desaliento, el miedo a no saber llenarlo de palabras, a no encontrar la primera palabra que siempre es un ábrete sésamo y trae consigo a todas las demás.

Así que era posible que uno no cambiara tanto como creía, y en tal caso los sueños de regreso al ejército contenían una parte de razón. El soldado de veinticuatro años sobrevivía en mí, que aún sigo queriendo escribir libros y me muero de miedo al principio de cada página. La oficina militar, como la habitación de Virginia, era un lugar ajeno al mundo y a las normas cotidianas del tiempo. El tiempo verdadero se había interrumpido la noche en que tomé el tren hacia el norte, en octubre de 1979, y también cuando en enero de 1993 subí a un avión que me llevaría a América. Y en ese espacio despojado, en ese tiempo neutral, yo debía o deseaba en ambos casos edificarme una isla, un lugar protegido y cancelado donde emprender esa tarea que uno siempre está emprendiendo por primera vez aunque haya escrito y publicado diez libros.



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