Y ahí el tipo dio una cifra desmesurada que Algañaraz jamás recordaría pero que lo hizo imaginar al tal Mojarrita saliendo del agua convertido en una triste y pálida pasa de uva.

Nuevos zumbidos y el morocho volvió a conectar a Los Santos o quienes fuesen, llenó el aire de volantes anaranjados y arrancó despacio, levantando nubecitas blancas mientras los pibes se disputaban los papeles a trompadas.

Algañaraz cruzó la calle y se arrimó al Club Atlético El Trinquete. Había un portón de hierro, dos agujeros laterales con barrotes que hacían de boleterías y un cartel amarillo con grandes letras negras. Arriba decía “Fiesta Acuática” con una bañista del año treinta a cada lado en posición de inminente zambullida. Después del nombre de la atracción principal había unos borroneados rectángulos -fotos, sin duda- en los que no se veía prácticamente nada sino bultos, algún brazo levantado. Algañaraz se inclinó y leyó el epígrafe bajo uno de los borrones: “El joven Eliseo Gómez con Antonio Abertondo y Alfredo Camarero”.

La falsa rubia que contaba billetes detrás de los barrotes levantó la mirada. Tenía cara de no haber contado muchos. Nunca, tal vez.

– Pase ahora, que es gratis.

Algañaraz la miró y empujó el portón entreabierto.

Cruzó la cancha de básquet de baldosas rojas en la que había dos arcos de papy fútbol y llegó hasta el trinquete. Extrañamente vacío a esa hora, recogía y resonaba entre las altas paredes los ruidos que hacía un viejo que juntaba aserrín húmedo con una palita de lata.

Al fondo, en un costado, había una pileta chica rodeada en tres de sus lados por gradas hechas con tablones, cajones de cerveza y tanques de kerosén de los que hacía años no veía. Junto al trampolín, una pequeña plataforma redonda y baja, pintada de colores brillantes y descascarados, como si fuera para los elefantes del circo, estaba apoyada casi sobre el borde de la pileta. Cables salpicados de lamparitas de colores iban de la cancha de paleta a los arcos de básquet y a los techos del club, por sobre el agua.



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