
– Más o menos -quise intrigarlo-. Me está esperando a mí para decidirse.
Y ahí fue cuando mi amigo resopló, golpeó con la carpeta la baqueteada mesa del bar La Academia, llamó al mozo, pagó su café -sólo el suyo- y se fue. Era el tercer amigo en una semana que se iba. Y algunos se habían ido sin pagar.
Retomé las carillas y releí los primeros párrafos tratando de tomar distancia. No fue posible. Salteé y pasé a la primera escena en la pileta iluminada. Me detuve en Mojarrita. Y justo él me preguntaban si existía…
Recordé la tarde en que desafiando la lluvia desordenada de primavera y la ominosa hepatitis que me retenía bajo protesta en cama desde hacía varias y amarillas semanas, apareció por casa.
Yo no lo había visto jamás pero lo conocía tanto por el pintoresco relato del Negro Sayago que no dudé un instante: ese petiso de cuerpo esmirriado y soberbia apostura de compositor de música tropical en el exilio -o en la desgracia apenas- estaba hecho para ser inolvidable.
No sé cómo -me lo explicó y no le entendí; no me lo explicó tal vez-, había llegado a saber, sin haber leído Manual de perdedores, que yo estaba escribiendo sobre el impostado Etchenike, Tony García y sus alrededores aventureros. Y sabía más: que él era el protagonista o uno de los principales actores de la historia que estaba reconstruyendo. Y, lo que es peor, quería más: leer lo que había escrito hasta ese momento.
Lo desalenté con argumentos de enfermo. Con enfermas argumentaciones, mejor: que se dejara de joder, en síntesis. Que yo no hacía historia ni crónica periodística sino ficción, que los hechos reales sólo me interesaban para tergiversarlos, que los apellidos nada tenían que ver con gente real aunque algunos los usaran, que aspiraba a cualquier cosa menos a que me tomaran en serio, un riesgo que no estaba dispuesto a correr.
– No entiendo -dijo después de escucharme con los ojos bien abiertos-. Me tomo el trabajo de venir desde Asunción para verlo y prescinde de mi testimonio…
