
En ese momento, tres cosas me impresionaron en él: el desparpajo con que mentía sobre su paradero -como diría Gelman-, pues yo bien sabía que apenas sobrevivía trabajando de cuidador en un balneario de Punta Lara a cambio del uso de la casilla como vivienda; la utilización del verbo “prescindir”, que le vendría de su experiencia como empleado estatal acaso; y el criminal descuido con que había dejado su paraguas chorreando al pie de la cama.
Me detuve, desagradable, en ese último aspecto:
– Hágame el favor, Gómez: sáqueme el paraguas de ahí.
– Me voy con él -dijo repentinamente digno, ya de pie, y empuñándolo-. Buenas tardes.
Algo habrá tocado del elemental mecanismo made in Taiwan con su movimiento brusco, porque repentinamente el paraguas se abrió como un murciélago enloquecido y en el aletazo expulsó el agua a su alrededor: la cama, los libros apilados, mi hijo menor que abría la puerta en ese momento.
Hubo un silencio corto y después -no sé quién empezó- una carcajada. Cuando terminamos de reír, Mojarrita Gómez empezó a hablar. Vino al día siguiente y siguió hablando, volvió a venir el domingo y mil veces más.
Cuando me levanté de la cama sentí que me liberaba de la hepatitis y, simultáneamente, del acoso amistoso y verborrágico del minúsculo nadador. Claro que tenía, además, dos cuadernos de apuntes repletos y una promesa arrancada a traición, con el termómetro puesto, de que lo haría inmortal personaje y testigo de una aventura que es, finalmente, ésta.
La noche de diciembre había traído a un cuarto amigo a la mesa de La Academia y, fernet mediante, entre estampidos cortos y medidos de sifón, me prevenía:
– Cuidado con la efusiones sentimentales, los golpes bajos…
– Me dicen que no hay cadáveres suficientes al principio -le expliqué.
– El peligro no es ése sino Etchenike: ¿está solo o acompañado?
