– Al principio, solo.

– No lo hagas pensar demasiado. Y no te pases con el color local.

– Trataré.

En ese instante sentí ganas de ir al baño pero la lejanía increíble del ámbito donde me esperaba el mingitorio más cercano me acobardaba. Vi en esa urgencia, en esa dificultad, una metáfora. Me decidí: en el camino hacia el baño ya tenía resuelto el primer crimen y al bajar el cierre había encontrado el tono justo.

Me engañaba, claro. Pero tuve que escribirlo para darme cuenta.

J.S.

Enero de 1989

PRIMERA

“Me acordé de aquel cuento del ciego que buscaba

en una habitación a oscuras un sombrero negro

que no estaba allí, y me sentí igual que el pobre tipo.”

HAMMETT, La maldición de los Dain


1. Un pendejo

Tal vez sea inevitable aclarar que por esos años, a fines de los setenta, Sergio Algañaraz era un periodista animoso, alegremente despiadado y con un módico porvenir. Demasiados adjetivos para una definición que podía ser más simple: Algañaraz era un pendejo. Sobre todo, eso.

No es raro, entonces, que la inexperta y porteña soberbia le haya puesto un gesto de asco a la posibilidad de clavarse un fin de semana en Playa Bonita, un caserío infame -le explicaron breve- poco más allá de Necochea, amontonado alrededor del fantasmal hotel que cierto ministro de principios de siglo le había regalado a la arena, la sal, los caballos y los yuyos de la ostensible pampa.

Ese hotel desmesurado y semivacío, olvidado como un transatlántico a la orilla del mar, era la nota. Así al menos lo creía su jefe de la revista dominical de “ La Nación ”: tres páginas color, texto central y testimonios para el martes. Él mismo sacaría las fotos, cuidaría la cámara de la arena y la humedad, trataría de salvar el aburrimiento levantándose alguna minita en banda.



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