Algañaraz llegó semidormido a medianoche, el bolso lleno de ropa innecesaria, la petaca de ginebra vacía y un sándwich de jamón y queso flotando en el estómago durante los últimos doscientos kilómetros. A la entrada del balneario encontró el motel Los Pinos que los viáticos sobraban con holgura, como las camisas de moda aquel año. Después de vomitar minuciosamente se durmió y soñó lo que no recordaría.

Desayunó temprano en su habitación, y es probable que se haya sentido bien y al menos satisfecho sentado en la cama, comiendo galletitas express con dulce de leche. El café era indefectiblemente malo pero el sol contra la ventana prometía tibiezas no habituales a mediados de marzo.

A las diez salió en short, remera y ojotas. Cámara en ristre y anteojos ahumados, desprolijo tostado ciudadano, enseguida Algañaraz confirmó que Playa Bonita era un nombre excesivo.

Entre casitas cuadradas, despachos de pan y algún chalet con el depósito de agua manchado de moho, fue bajando por el camino sinuoso que gambeteaba los médanos fijados por obstinados tamariscos, buscando el mar, el centro del pueblo.

Después de un recodo los encontró de golpe, junto con todo lo que habría para ver de ahí en más. Hacia un lado, el inevitable hotel interrumpía el horizonte tras el amarillo sucio de los últimos médanos, pegado al mar, solo, como si fuera un castillo de los de las aventuras de El Príncipe Valiente. La comparación era de él y pensaba usarla en la nota. Algañaraz no había llegado a Kafka todavía. Lo dicho: un pendejo.

El edificio estaba sobre la primera paralela a la playa, que a esa altura se diluía en un sendero de arena y pedregullo. Ocupaba el centro de una manzana en que no había ninguna otra construcción. Era una mole rectangular de dos plantas más antigua y desmejorada de lo previsible. Un rosa descascarado le borroneaba las paredes, las columnatas de la entrada; dos palmeras polvorientas compadreaban entre los yuyos de un hipotético jardín y las negras tejas de pizarra parecían sostenidas por alfileres.



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