
Algañaraz pasó dos veces frente a los amplios ventanales de postigos cerrados y luego dio la vuelta, como si se tratara de una calesita clausurada. En los alambres del fondo había ropa colgada pero el candado que cerraba el portón de acceso principal lo desalentó. Las tablas que tapaban varias de las ventanas de la planta baja tenían los clavos oxidados, retorcidos o doblados por martillazos desprolijos, inútilmente apurados.
Cruzó la calle y se sentó en la punta de un médano, junto a un pinito verde y joven. Desde allí sacó una panorámica; luego, el detalle del frente, del jardín abandonado. Apenas se leía el nombre, Hotel Atlantic, con gastadas letras en relieve sobre la galería de columnas que cobijaba la doble puerta de entrada. En un momento le pareció que se movían las cortinas, pero aunque se acercó y dio algunos gritos que resonaron débiles bajo el sol y empujados por el viento que crecía del mar, nada se movió en el edificio.
Sacó un par de fotos más y luego bajó a la playa. El mar se veía bajo, lejos, verde, gris y celeste. Caminó hasta la orilla y comprobó que estaba solo. Hacia el sur, varias cuadras más lejos, se veía gente en la arena, alguna sombrilla, el balneario principal; hacia el norte, enfrente, apenas el escorado fantasma de un carguero encallado entre las rocas, el óxido y la sal; algún chalet sobre la arena y nada más: un faro lejano parecía flotar, después de un bosquecito, dentro del mar.
Sintió las pocas cosas del paisaje, la desolada belleza, y estuvo un rato indefinido quieto y en silencio, mirando el dibujo de la orilla.
