
En un momento dado giró para volver hacia el hotel y casi chocó con el otro. Dio un grito ahogado.
El hombre estaba parado ahí a un metro de él, y sonreía burlón quién sabe desde cuándo.
– Fuego -dijo el hombre.
– ¿Qué? -se turbó Algañaraz.
– Quiere fuego.
Y no era una pregunta.
2. De escribano
El hombre era petiso, con pocos cabellos largos y rubios dispersos en la cabeza enrojecida. Unos ojitos grises y entrecerrados disparaban contra Algañaraz bajo las cejas crespas. Sonreía temible con pocos dientes.
– No tengo fuego -se palpó el periodista, no quiso entender.
El petiso puso las manos sobre la faja negra que le calzaba la barriga, los pulgares gruesos apoyados en las caderas; inspiró hondo y se mandó para adentro la mitad del aire de ese sector atlántico. La camiseta agujereada fue impotente para retener la expansión del pecho.
– No. Quiere fuego -enfatizó, liberando el aire.
– ¿Qué quiere dec?… -se extrañó Algañaraz.
Pero el petiso no lo dejó terminar. Separó bruscamente las manos de la cintura y cuando vio el leve retroceso del periodista se rió una vez, corto y fuerte. Después giró y se fue caminando lentamente hacia los médanos, casi haciendo coincidir las pisadas con las huellas que había dejado al bajar. Iba descalzo, con el pantalón gris a la rodilla y se balanceaba al avanzar arena arriba. La culata del desmesurado revólver que llevaba sujeto a la cintura, como un facón, se recortaba contra la mitad de su espalda.
Algañaraz quedó inmóvil. Repentinamente levantó la cámara que tenía al cuello y buscó el ángulo para que la figura quedara con el fondo del médano y el hotel atrás. En ese momento, como despidiéndose, el petiso giró apenas la cabeza. Algañaraz soltó la cámara como si le quemara y comenzó a caminar rápido por la orilla.
