
– ¿La cena? -preguntó con cautela, tratando de no sonar demasiado esperanzada.
– Sí -el hombre se agachó frente a ella, colocó el plato y la taza sobre la arena y la ayudó a que se sentara-. La cuestión es: ¿puedo fiarme de ti si te desato?
Estuvo tentada de lanzarse hacia el suelo y empezar a comer directamente del plato. La boca se le hizo agua. Tanto que tuvo que tragar dos veces antes de responder:
– Juro que no intentaré escaparme.
– ¿Por qué iba a creerte? -preguntó el hombre mientras se sentaba junto a ella-. Lo único que sé de ti es que tienes el sentido común de un mosquito.
– Podías ahorrarte las comparaciones con animales -contestó Sabrina-. Si te refieres a que he perdido el caballo y el camello, no ha sido por mi culpa. Intenté amarrarlos cuando vi que la tormenta de arena se acercaba. Luego me cubrí con un manto y me tiré al suelo. Puedo decir que el hecho de sobrevivir a la tormentas prueba más que suficiente de mi sentido común.
¿Y qué me dices del sentido común de estar sola en el desierto? -dijo él mientras le daba la taza-. ¿O prefieres que hablemos cómo ataste al caballo y al camello para que los hayas perdido?
La verdad es que no -murmuró Sabrina, se agachó para dar un sorbo de la taza que el hombre le sostenía.
El agua estaba fresca y limpia. Tragó con avidez el líquido vital. Jamás le había sabido nunca tan rico, tan perfecto.
Cuando terminó, el hombre dejó la taza en el suelo y levantó el plato.
Sabrina miró los trozos de carne y las verduras, miró las manos del secuestrador.
– ¿No pensarás darme de comer? -dijo levantando las muñecas atadas-. Si no quieres soltarme, deja al menos que coma por mi cuenta.
Le desagradaba que tocase su comida. Aunque estaba hambrienta y el hombre parecía limpio. A pesar de que, bajo el intenso calor del desierto, su secuestrador no olía no parecía sudoroso.
