
Su padre la había ignorado toda la vida, aunque había pasado todos los veranos en palacio, apenas había hablado con ella. Siempre la dejaba sola mientras se iba de viaje con sus hijos. Y durante el año, mientras estudiaba en California, nunca la llamaba ni le escribía. ¿ Por qué había de obedecerlo?
Así que, en vez de quedarse quieta y casarse con aquel viejo, se había fugado en busca de la Ciudad de los Ladrones. Y había acabado en manos de un grupo de forajidos. Tal vez habría ido mejor ser la cuarta esposa del viejo.
– ¿En qué piensas? -le sorprendió una voz
– En que necesito unas vacaciones y no era esto lo que había pensado.
Abrió los ojos y vio a su secuestrador frente a ella. Se había quitado el manto que le cubría la cabeza. Con unos simples pantalones de algodón y una túnica, no debería haber parecido tan formidable.
Se cernía sobre ella como un dios y su silueta se recortaba contra un bonito cielo negro. Aunque nunca se había sentido totalmente a gusto en Bahania, siempre le había gustado la perfección de sus estrellas. Pero no eran esas luces titilantes lo que más le llamaba la atención esa noche.
Sino un hombre alto, de pelo negro, corto. A pesar de que había anochecido, apreció un destello de dientes blancos cuando sonrió.
– Eres valiente como un camello -dijo él.
– Vaya, muchas gracias. Los camellos no son valientes.
– O sea, que algo del desierto sabes. Bien. ¿Qué tal si te digo valiente como un zorro del desierto?
– ¿No están corriendo todo el rato?
– Veo que me has entendido -el hombre se encogió de hombros.
En lo que habría sido el más infantil de los arrebatos, Sabrina tuvo ganas de sacarle la lengua. Pero se contuvo y aspiró el aroma de algo que olía deliciosamente. Le sonaron las tripas y se dio cuenta de que el hombre tenía un plato en una mano y una taza en la otra.
