Ya lo sé, Sabrina -dijo él tras girarse a mirarla-. Apuesto a que lo lamentaré el resto de mi vida. Cuarenta minutos después, decidió que no le bastaría con azotarlo. La idea de fusilarlo y ahorcarlo al mismo tiempo volvió a parecerle la opción más apropiada. Quizá hasta debiera de decapitarlo. No solo la había amenazado e insultado. No solo la había atado. Sino que, encima, le había vendado los ojos.

– No sé qué crees que estás haciendo – dijo Sabrina con rabia. La sensación de estar ciega al tiempo que cabalgaba era desconcertante. Tenía la impresión de que en cualquier momento acabaría bajo los cascos del caballo.

– En primer lugar, no hace falta que grites-le susurró Kardal al oído-. Estoy justo detrás de ti.

– Como si no lo supiera -replicó Sabrina. Estaba sentada delante de él, en su silla. Por más que intentaba no tocarlo, no había espacio suficiente y su espalda no dejaba de rozar el torso de Kardal-. ¿Qué viene en segundo lugar?

– Voy a hacer realidad tu deseo. Nos dirigimos a la Ciudad de los Ladrones.

Ella no respondió. No pudo. La cabeza se le llenó de preguntas, de incredulidad, de esperanza, de emoción.

– ¿De verdad?

– De verdad -Kardal rió-. He vivido allí toda la vida.

– Pero no puedes… no… -dejó la frase en el aire. No tenía sentido-. Si de veras existe, ¿cómo es que nunca se oye hablar de ella?

– Preferimos que sea así. No estamos interesados en el mundo exterior. Vivimos de acuerdo con la tradición.

Lo significaba que la vida de las mujeres no tenía mucho valor.

No te creo -contestó Sabrina-. Solo lo haces para crearme falsas esperanzas.

¿ Y por qué te he vendado los ojos entonces? Por precaución, para que no puedas volver a nuestra ciudad.

Sabrina se mordió el labio inferior. ¿Le esta estaba diciendo la verdad?, ¿Existiría la Ciudad de los Ladrones? Pensó que merecía la pena estar secuestrada a cambio de echar un vistazo. Y si había dicho que la vendaba para que no pudiese volver…, aunque no diera la impresión… significaba que en algún momento la dejaría libre.



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