– Eres muchas cosas, princesa, pero en ningún caso inocente -contestó Kardal.

En realidad se equivocaba en ese punto, pero no eran ni el momento ni el lugar indicados para mantener esa conversación. Podía…

El caballo se desequilibró al pisar una piedra suelta. Sin avisar. Por un instante, Sabrina sintió que se caería al suelo. Contuvo la respiración, intentó agarrarse a algo, pero sus manos no encontraron sujeción alguna.

– Tranquila -dijo Kardal con voz serena al tiempo que la apretaba por la cintura con un brazo-. No dejaré que te pase nada.

Ella quiso encontrar consuelo en sus palabras, pero sabía el verdadero interés de su secuestrador.

– En realidad no te importo -murmuró-. Lo único que te importa es lo que valgo.

– Exacto, pajarillo -Kardal soltó una risilla-. No voy a dejar que eches a volar. Y cuidaré de que no te hagas daño. Vas a seguir tal como estás hasta que pueda reclamar la recompensa que me merezco.

No le gustó cómo sonaba. Estaba claro que Kardal creía todo lo que los periódicos contaban de ella y, solo por eso, creía conocerla.

– Te equivocas conmigo -dijo al cabo de unos minutos, de nuevo habituada al ritmo del caballo.

– No suelo equivocarme -le susurró Kardal al oído-. Sé que no eres una hija obediente. Vives una vida alocada en Occidente. Pero no es de extrañar. Eres la hija de tu madre, no una mujer de Bahania. Ella se dijo que era un salvaje y que le daba igual lo que pensase. Por desgracia, no pudo evitar que sus palabras le hicieran un nudo de lágrimas en la garganta. No aguantaba que la gente la juzgara por un par de artículos periódicos y las revistas. Toda la vida igual. ¡Eran tan pocas las personas que se molestaban en averiguar la verdad!

– ¿Nunca has pensado que los medios de comunicación pueden equivocarse? – preguntó.

– A veces, pero no es tu caso. Has vivido muchos años en Los Ángeles. Es inevitable que te hayas hecho a ese estilo de vida. Si tu padre te hubiese mantenido aquí, habrías aprendido nuestras costumbres.



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