
– Estoy buscando una esclava, pero no pareces apta para el puesto.
Sabrina se giró hacia su interlocutor. Tenía el rostro casi cubierto. Se notaba que era alto, de tez morena y ojos negros. Sus labios se habían curvado en una sonrisa burlona.
– Hablas inglés -dijo tontamente.
– Y tú no hablas la lengua del desierto – contestó él-. Ni conoces sus peligros. ¿Qué haces aquí sola?
– No importa- Sabrina hizo un gesto desdeñoso con la mano-. Pero quizá pudieras prestarme un caballo. Solo para volver a la caseta a buscar mi camión.
El hombre giró la cabeza. Uno de sus acompañantes descabalgó. Por un momento, Sabrina pensó que le concederían su deseo. El hombre la había escuchado, cosa rara entre los hombres de Bahania. Normalmente no hacían caso…
El nómada echó mano al pañuelo que cubría la cabeza de Sabrina y se lo quitó. Sabrina gritó.
Los hombres se quedaron mudos.
Sabía qué estaban mirando: una melena de rizos pelirroja, que había heredado de su madre, caía en ondas por su espalda. La combinación de ojos marrones, pelo rojizo y piel dorada solía llamar la atención, más todavía en el desierto.
Los hombres hablaron, Sabrina trató de entender qué decían.
– Creen que debería venderte.
Se giró hacia el hombre que hablaba en inglés. Tenía la impresión de que era el cabecilla. Estaba aterrada, pero logró disimularlo. Alzó la barbilla.
– ¿Tanto necesitas el dinero? -preguntó con desprecio.
– La vida es más fácil si se tiene dinero. Incluso aquí.
– ¿Y qué ha sido de la hospitalidad en el desierto?
– Existen excepciones para las personas tan tontas como tú -contestó, y se giró hacia el hombre que seguía junto a Sabrina.
Justo antes de que ella pudiera agarrarla, esta se dio la vuelta y echó a correr. No tenía un destino en concreto, solo la urgencia de huir lo más lejos posible de sus secuestradores.
