
Oyó los cascos de los caballos a su espalda. Aunque el miedo la hacía correr más rápido, no fue suficiente. Apenas había recorrido diez metros cuando sintió que un brazo la elevaba y la montaba sobre uno de los caballos, apretándola contra el pecho inexorable del nómada.
– ¿Adónde ibas? -preguntó el hombre. Sabrina intentó zafarse. En vano-. Si sigues resistiéndote, tendré que atarte al caballo.
Sabrina notó la fortaleza de su captor, el calor de su cuerpo. Dejó de forcejear. Se apartó el pelo de la cara, lo miró para preguntarle:
– ¿Qué quieres de mí?
– En primer lugar, que quites la rodilla de mi estómago.
Sabrina miró hacia abajo y vio que, en efecto, la rodilla de sus vaqueros estaba pegada al abdomen del secuestrador. Parecía como si estuviese chocando contra una roca, pero decidió no compartir tal pensamiento. Se limitó a girarse hasta acomodarse sobre la montura.
Contuvo la respiración. El sol se había escondido tras el horizonte. Ya no podía escapar. No de noche. Estaba perdida, sedienta, hambrienta y a merced de quién sabía quién.
Al menos no llovía.
– Vaya, así que se puede razonar contigo – comentó él-. Una virtud extraña entre las mujeres.
– ¿Quieres decir que a tus esposas no les gusta razonar con un hombre que las retiene por la fuerza? ¡Qué raro! -replicó Sabrina, ladeándose hacia la derecha para fulminarlo con la mirada mientras hablaba.
Las facciones de su secuestrador eran duras como el perfil de una roca modelada por los vientos del desierto. Aunque llevaba la cabeza cubierta, intuía que su cabello sería negro, hasta el cuello quizá, tal vez más corto. Tenía hombros anchos y montaba como si estuviese acostumbrado a soportar la carga de muchos pesos.
– Para estar totalmente indefensa, eres increíblemente valiente o increíblemente estúpida.
Ya me has llamado antes tonta -le recordó Sabrina-. Injustamente, si me lo permites.
