
– ¿Cómo llamarías tú a alguien que se adentra en el desierto sin guía ni las provisiones más elementales?
– Tenía un caballo y…
– No has sabido conservarlo -atajó el hombre.
En vez de contestar, Sabrina miró sobre el hombro del secuestrador. Sus compañeros, que habían permanecido quietos cuando él había frustrado su huida, habían empezado a acampar, habían encendido una hoguera y ya estaban poniendo un caldero a hervir.
– ¿Tienes agua? -preguntó tras pasarse la lengua por los labios secos.
– Sí, y comida. Nosotros sí sabemos conservar nuestras provisiones.
Sabrina no podía apartar la mirada del líquido que vertían en el caldero.
– Por favor.
– No tan rápido, pajarillo. Antes tengo que asegurarme de que no eches a volar de nuevo.
– Tal como tú mismo has dicho, ¿adonde iba a ir?
– Antes tampoco tenías destino y no por ello has dejado de intentar fugarte.
Se apeó del caballo. Sin dar tiempo a que Sabrina desmontara, empezó a atarle las muñecas con una cuerda.
¡Eh! -trató de resistirse -No es necesario. No voy a escaparme.
– De eso justo quiero asegurarme.
Sabrina intentó apartar los brazos, pero el hombre terminó de hacer el nudo. Todavía dio un último tirón para liberarse, pero solo consiguió desequilibrarse. Cayó como un peso muerto contra su captor, pero este ni siquiera pestañeó.
Se limitó a rodearla con un brazo por la cintura y la bajó al suelo. Luego, mientras Sabrina recuperaba el aliento, se agachó a atarle los tobillos.
– Espera -dijo cuando terminó, antes de incorporarse y conducir su caballo hacia el improvisado campamento.
– ¿Qué? -Sabrina intentó seguirlo, pero se cayó al suelo y no fue capaz de levantarse-. No puedes dejarme aquí.
El hombre la estudió con sus ojos oscuros y sonrió.
Yo diría que sí puedo.
Ella lo miró estupefacta mientras se alejaba hacia los otros hombres. Les dijo algo que no pudo oír y los demás rieron. El miedo cedió paso a la rabia. Ya se vería quién reía el último, pensó mientras forcejeaba con las cuerdas. Conseguiría desatarse, encontraría el camino de vuelta a casa y haría que lo fusilaran. O que lo colgaran. O las dos al mismo tiempo. Tal vez su padre no le hiciera mucho caso, pero seguro que no se alegraría de que la hubiesen secuestrado.
