
Incapaz de soltarse, se giró hasta estar de espaldas al campamento. Bastante suplicio era oler lo que estaban cocinando como para tener que ver también cómo comían. Tenía la boca y la garganta totalmente secas. Jamás había sentido el estómago tan vacío. ¿Estarían atormentándola o de veras no tenían intención de darle algo de cena? ¿Qué clase de monstruo era su secuestrador?
Un monstruo del desierto. La clase de monstruo que veía a las mujeres como meros objetos.
Sintió que le picaban los ojos, pero se negaba a llorar. Ella nunca se mostraba vulnerable. ¿Para qué? De modo que se juró resistir, sobrevivir para poder vengarse. Cerró los ojos e intentó imaginar que estaba en alguna otra parte.
El olor de la comida seguía llegando hacia ella. Sintió un retortijón en el estómago y deseó haberse quedado en el palacio. De acuerdo: su padre no solía advertir su presencia siquiera y sus hermanos apenas le hacían caso. ¿Tan terrible era?
Entonces recordó su indignación del día anterior, cuando su padre, el rey de Bahania, había anunciado que la había prometido en matrimonio. Se había quedado atónita.
– No lo dirás en serio -le había dicho ella.
– Totalmente. Tienes veintidós años. Edad más que suficiente para casarte.
– Cumplí veintitrés el mes pasado -había contestado Sabrina-. Y estamos en el siglo veintiuno, no en la Europa medieval.
– Soy consciente de la época y del país en que vivimos. Eres mi hija. Y te vas a casar con quien yo diga. Bahania necesita establecer alianzas.
Ni siquiera sabía cuántos años tenía. ¿Cómo iba a confiar en él para buscarle marido? La espantaba imaginarse junto a aquel horrible viejo de mal aliento con el que el rey Hassan la casaría.
