La encontré a escasa distancia, lavando con otras mujeres en un riachuelo retorcido que discurría cercano a la iglesia. Recuerdo que una sombrecilla que no comprendí entonces se posó sobre su frente y que, por un instante fugaz, inclinó la cabeza sobre el pecho. Luego respiró hondo, pidió a una de las otras mujeres, una viuda, que la acompañara y emprendió el camino hacia el lugar sagrado.

Las seguí durante unos pasos, pero cuando estábamos a escasa distancia de los jinetes, la anciana se volvió y me ordenó con términos nada equívocos que me quedara donde estaba. Obedecí -no se me hubiera ocurrido hacer algo distinto, a decir verdad- y sólo pude contemplar la escena de lejos. No duró mucho. Sin descender de sus cansinos animales, los hombres dijeron algunas palabras a mi madre. Parece que aún estoy viendo cómo, por un instante, se quedó inmóvil, mirándolos, como si los escuchara, aunque yo hubiera asegurado que nada decían. Luego inclinó por un instante la cabeza, volvió a erguirla y se encaminó hacia la iglesia del apóstol Pedro.

El ver cómo se distanciaba de los recién llegados me impulsó a correr hacia ella. Tenía yo las piernas cortas entonces -no las he tenido largas después. A decir verdad, me da la sensación de que esa característica provoca que mi cuerpo no sea del todo proporcionado- y tardé un poco en alcanzarla. Cuando, por fin, lo conseguí, pude ver que estaba metiendo en un atado algunas prendas modestas con la ayuda de aquella mujer que la había acompañado. Por cierto, cuando intenté acercarme a mi madre, volvió a interponerse, pero ahora no estaba dispuesto a dejar que consiguiera sus propósitos. Con un movimiento rápido, la burlé y llegué hasta el lugar donde se encontraba la que me había dado el ser. Valiéndome de un gesto decidido que había repetido en multitud de ocasiones, la agarré de la falda y tiré de ella. Pero esta vez mi madre no respondió. Siguió guardando cosas como si no hubiera advertido mi presencia. Quizá hubiera seguido sin hacerme caso de no ser porque la anciana me cogió del brazo arrancándome un grito de dolor.



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