El gran Julio efectivamente logró derrotar a nuestros antepasados a pesar de que ya entonces habíamos dominado el difícil arte de desplazarnos en barcos y utilizábamos temibles carros de guerra. No resultaron adversario suficiente para las legiones, pero Julio César no estaba dispuesto a someter a sus tropas a las condiciones propias de nuestro gélido invierno. Tras asegurarse de que ni un solo hombre de guerra saldría de aquí con destino a las Galias, se marchó. Pasaron décadas antes de que los romanos volvieran a invadir estas costas. Esta vez la expedición la impulsaba Claudio, un emperador sin gloria que deseaba labrarse un nombre en las piedras frías de la Historia y que apenas lo consiguió asentando a algunas de sus legiones en nuestro suelo.

Se quedaron pero, a diferencia de lo que había sucedido con los galos, los romanos apenas consiguieron civilizar a mis antecesores. Su lengua fue también el latín no solo para los documentos oficiales, e incluso se acostumbraron del todo a vestir y, casi casi, a pensar como romanos. La vieja Roma sabía que un imperio necesita una lengua y la implantó. Los buenos resultados son obvios todavía. Sin embargo, aún quedaron barbari y eran agresivos. Seguramente por eso, el emperador Adriano llegó a la conclusión de que lo mejor que podía hacer era levantar un muro que librara el sur de la isla de peores invasiones procedentes de las tribus hostiles que procedían del norte. Aquella cadena de fuertes de madera y piedra desempeñó bien sus funciones durante casi dos siglos y medio, pero, finalmente, el costo era muy elevado y el imperio demasiado débil, y los romanos comenzaron a retirarse al continente. No lo hicieron del todo, sin embargo, porque les agradaba creer que la isla seguía siendo una parte de Roma y porque, en no escasa medida, así sucedía. Lo mismo pensaban mis antepasados porque Britannia había cambiado y lo había hecho no sólo gracias a las águilas de las legiones sino también a la llegada del cristianismo.



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