Ivory se presionó los dedos sobre los ojos ardientes y forzó su cuerpo a moverse. Primero apartó el veneno de las lesiones en la carne, donde las garras venenosas del vampiro la habían desgarrado. Los vampiros que se habían unido utilizaban diminutos parásitos parecidos a gusanos para identificarse los unos a los otros, y esos parásitos infectaban cualquier herida abierta. Tenía que expulsarlos por sus poros rápidamente, antes de que pudieran tomar asidero y requerir una curación mucho más en profundidad. Otra vez atrajo el relámpago para matarlos antes de mezclar tierra y saliva para taponar sus propias heridas.

– ¿Preparados? -preguntó a su familia, recogiendo sus armas y empujando las flechas utilizadas de vuelta al carcaj. Nunca dejaba ni un arma ni una flecha atrás, cuidadosa de que su fórmula no cayera en manos de los vampiros, o peor, en las de Xavier, su enemigo mortal.

Ivory extendió los brazos y la manada saltó junta, formando el largo abrigo en el aire mientras cambiaban, cubriendo su cuerpo, la capucha sobre la cabeza y la piel fluyendo y rodeándola de calor y cariño. Nunca estaba sola cuando viajaba con la manada. No importaba a dónde fuera, cuántos días o semanas viajara, ellos viajaban con ella, evitando que se volviera loca. Había aprendido a estar sola y tenía la cautela natural del lobo hacia los extraños. No tenía amigos, sólo enemigos, y estaba cómoda así.

Atravesando a zancadas la nieve, ondeó la mano y permitió que el escudo se desintegrara. La manada natural de lobos se arremolinó a su alrededor, zigzagueando entre sus piernas y olfateando su abrigo y botas, saludándola como a un miembro de la manada. El alfa marcó cada arbusto y árbol en la vecindad para cubrir las marcas de olor de Rajá. Ivory puso los ojos en blanco ante el despliegue de dominación.



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