– Los machos son iguales en todo el mundo, no importa la especie -dijo en voz alta y comprobó a los lobos uno por uno, asegurándose de que el vampiro no había dañado a ninguno de ellos.

– Bien. Vamos a alimentaros antes de alba. Tengo que viajar y la noche está desvaneciéndose -dijo a la manada. Agarrando el morro del alfa, lo miró a los ojos. Encuentra y conduce una presa hacia mí y la derribaré para ti. Aunque deprisa, no tengo mucho tiempo.

Aunque hablaba con su propia manada todo el tiempo y ellos la comprendían, con una manada salvaje era más fácil transmitir la orden en imágenes, en vez de palabras. Agregó una sensación de urgencia al mismo tiempo. Necesitaba empezar el viaje de vuelta a su guarida. Normalmente volaría, cada una de sus armas estaba hecha de algo natural que podía cambiar con ella, para transportar su arsenal en distancias largas. Pero primero tenía que ayudar a la manada a encontrar alimento. No quería perderlos durante el invierno, y se avecinaba otra tormenta.

La manada de lobos se fundió, una vez más desvaneciéndose en el bosque para buscar una presa. Ella se colgó del hombro la ballesta y empezó a caminar a través de la tierra virgen en dirección a su casa. Sólo haría unos pocos kilómetros antes de que la manada tirara algo en su camino, pero estaría mucho más cerca de casa… y de la seguridad.

Comprendía poco acerca del estilo de vida moderno. Había estado enterrada bajo el suelo durante tanto tiempo, el mundo era irreconocible cuando se alzó. Supo, con el tiempo, que el hijo del Príncipe, Mikhail, había reemplazado a éste como gobernante de los Cárpatos y su segundo al mando, como siempre, era un Daratrazanoff. Sabía poco más de ellos, pero incluso el mundo Cárpato había cambiado drásticamente.



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