
Había tan pocos de su especie, la raza se acercaba a la extinción, y ¿quién sabía? Quizá fuera para mejor. Tal vez su tiempo ya había pasado. Tan pocas mujeres y niños habían nacido durante los últimos siglos que la raza estaba casi aniquilada. Ella ya no era parte de ese mundo más de lo que lo era del mundo moderno humano de hoy en día. Sabía poco de tecnología, aparte de por los libros que leía, y no tenía el concepto de cómo sería vivir en una casa o en una aldea, pueblo, o… que Dios lo prohibiera… una ciudad.
Apresuró sus pasos, y otra vez miró al cielo. Daría a la manada de lobos otros veinte minutos para jugar antes de volar. Como fuera, ella estaba tentando a la suerte. No quería ser atrapada fuera a la luz del alba. Había pasado tanto de su vida bajo la superficie que no había desarrollado resistencia al sol como habían hecho muchos de su raza, capaces de permanecer fuera en las horas tempranas de la mañana. En el momento en que el sol comenzaba a subir podía sentir su quemazón.
Por supuesto, quizás tenía algo que ver con que a su piel le llevaba mucho tiempo renovarse, arrancada de su cuerpo como había sido hasta que no quedó nada más que huesos y una masa de tejido crudo. A veces, cuando se despertaba todavía sentía las hojas atravesando huesos y órganos mientras la cortaban en pedazos pequeños y la dispersaban por la pradera, abandonada para ser comida por los lobos. Recordaba el sonido de sus risas ásperas mientras llevaban a cabo las órdenes dadas por su peor enemigo… Xavier.
* * *
El viento comenzó a ganar fuerza y oscuras nubes vagaron sobre su cabeza, anunciando la tormenta que llegaba. Buscó el abrigo de los árboles y se guareció, cerrando los ojos para buscar a la manada de lobos. Habían descubierto una cierva, delgada y consumida por el invierno, cojeando un poco por una herida en su cuerpo viejo. Persiguiéndola, la manada se había turnado, dirigiéndola hacia Ivory.
Ella susurró suavemente, pidiendo el perdón de la cierva, explicando la necesidad de alimentar a la manada mientras levantaba el arma y esperaba. Los minutos pasaron. El hielo se agrietó con un fuerte crujido perturbando el silencio. Duros alientos explotaban de sus pulmones en un rápido chorro de vaho mientras el venado se abría camino entre los árboles y corría por el suelo helado.
