Detrás del gamo corría un lobo, silencioso, mortal, hambriento, moviéndose a través de la extensión de hielo sobre sus grandes patas. Rodeándolos, la manada llegó desde varios ángulos, manteniendo al gamo corriendo directamente hacia Ivory. Habían cazado de esta manera más de una vez, trayéndole la presa a ella en momentos desesperados.

Ivory esperó hasta que tuvo un disparo mortal, no queriendo que la cierva sufriera antes de liberar la flecha y derribar al animal. Antes de que el alfa pudiera acercarse al cadáver, gruñendo a los otros para que esperaran a que él estuviera lleno, ella corrió y recuperó la flecha, alejándose rápidamente, sin querer utilizar energía para controlar a una manada hambrienta cuando había un banquete ante ellos.

Aumentando la velocidad hasta correr, Ivory saltó al cielo, cambiando, los lobos se deslizaron sobre su piel hasta convertirse en feroces tatuajes mientras pasaban como un rayo entre las nubes con ella. Ella siempre sentía la alegría de viajar de esta manera, como si una carga fuera levantada de sus hombros cada vez que tomaba el aire. Arremolinadas nubes oscuras le ayudaron a aliviar la luz de su piel mientras se movía rápidamente hacia su casa. Quizá eso era lo que la hacía sentirse menos cargada… que volvía a casa, donde se sentía a salvo y segura.

Nunca había aprendido a relajarse y tranquilizarse en tierra, donde sus enemigos podían venir a por ella desde cualquier dirección. Mantenía en secreto su guarida sin dejar huellas cerca de la entrada, así nadie tenía la oportunidad de rastrearla. Su extraordinario sistema de advertencia y protección nunca sería detectado, de eso estaba segura. La entrada no estaba protegida con el hechizo acostumbrado, así que si un Cárpato o un vampiro encontraba su guarida, no sabrían si estaba ocupado o siquiera si existía. Había aprendido muchos años atrás que era en los niveles más bajos de la tierra donde sus enemigos se encontraban más cómodos y los evitaba.



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