A diez kilómetros de su guarida tomó la tierra, aterrizando, todavía corriendo, rozando la superficie, con los brazos extendidos para que sus lobos pudieran cazar. Todos necesitaban sangre y con los siete esparcidos, se toparían con un cazador o una cabaña. Si no, ella entraría en la aldea más cercana y traería bastante para sostener a la manada. Era muy cuidadosa de no cazar cerca de casa, no a menos que no hubiera absolutamente más remedio que hacerlo.

Mientras se deslizaba entre los árboles y la montaña se alzaba, alta a lo lejos, encontró rastros. Un vagabundo madrugador en busca de leña quizás, o cazando. Se agachó y tocó los rastros en la nieve. Un hombre grande. Eso siempre era bueno. Y estaba solo. Eso era aún mejor. El hambre la roía ahora que se había permitido ser consciente de ello. Ivory corrió tras las huellas, siguiendo al hombre mientras éste avanzaba entre los árboles.

El bosque se abrió a un claro donde se asentaba una pequeña cabaña y un retrete, una corriente seccionaba la pradera que la rodeaba. Normalmente la cabaña estaba vacía, pero el rastro se dirigía a través de la nieve hasta el interior. Un fino rastro de humo comenzó a flotar por la chimenea, diciéndole que él acaba de llegar a la cabaña de caza y había encendido un fuego.

Ivory echó la cabeza hacia atrás y aulló, llamando a su manada. Esperó al borde del claro y el hombre dio un paso afuera, con un rifle en las manos, echando una mirada alrededor del bosque circundante. Esa llamada solitaria lo había asustado y esperaba, inspeccionando el área alrededor de la casa.

Ivory tomó el cielo otra vez, moviéndose con el viento, parte de la niebla que iba rodeando la casa. Se mantuvo sobre de su presa encima del techo, mientras él estudiaba el bosque y luego, con una pequeña maldición, entraba. Ella vio las sombras revoloteando entre los árboles y les hizo gestos. La manada se agachó, esperando.



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