La rendija bajo la puerta de la cabaña era lo bastante ancha para que la niebla fluyera e Ivory entró en la sala, caliente ahora por el rugiente fuego. Sólo un cuarto, con una pequeña chimenea y una estufa de cocina, la cabaña disponía de los servicios más básicos. En tiempos modernos, ni siquiera el más pobre de los aldeanos tenía tan pocos enseres. Observó al hombre desde un oscuro rincón de la habitación mientras él vertía agua en una olla y la ponía al fuego para que hirviera.

Cruzando el cuarto, se materializó casi delante de él, deslizándose entre el hombre y el fuego, su voluntad ya estirándose para calmarlo y hacerlo más accesible. Los ojos de él se abrieron de par en par y luego se volvieron vidriosos. Ivory lo dirigió a una silla donde pudiera sentarlo. Ella era alta, mucho más alta que la mayoría de las mujeres de las aldeas, un regalo de su herencia Cárpata, pero esta montaña de hombre era todavía más alto. Encontró el pulso latiendo a un lado del cuello y hundió los dientes profundamente.

El sabor era exquisito, sangre caliente fluyendo, las células llenándose y explotando a la vida. A veces olvidaba cuán bueno era regalarse con algo auténtico. La sangre animal podía mantenerla con vida, pero la verdadera fuerza y energía provenían de los humanos. Saboreó cada gota, apreciando la sangre vivificadora, agradecida al hombre, aunque él no recordaría haberla donado. Le implantó un sueño ligeramente erótico, lleno de placer, no deseando que la experiencia fuera desagradable para él.

Pasó la lengua a través de los pinchazos para cerrar los dos agujeros y borrar toda evidencia de que ella hubiera estado allí. Le consiguió un vaso de agua y se lo apretó contra la boca, ordenándole beber y luego puso otro a su lado, antes de salir lo envolvió en una manta para mantener su cuerpo caliente.



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