
La manada la encontró en lo más profundo del bosque, rodeándola en el momento en que los llamó. El macho alfa vino primero, apoyándose contra su rodilla mientras ella se arrodillaba y le ofrecía la muñeca, la sangre manando. El lamió la herida de su muñeca izquierda mientras la hembra se alimentaba de la derecha. Alimentó a los seis lobos y luego se sentó un momento en la nieve, recuperándose. Había tomado mucho del leñador, aunque había tenido cuidado de que éste todavía pudiera funcionar, no queriendo que corriera el riesgo de morir de frío antes de recuperarse, y estaba un poco drenada después del combate con los vampiros y luego de alimentar a la manada.
Se puso de pie lentamente y estiró los brazos, esperando que los lobos volvieran a cambiar a tatuajes que cubrieran su piel. Cuando se unieron con ella, se sintió un poco más revitalizada, los lobos le daban su energía. Otra vez corrió y saltó al cielo, cambiando mientras lo hacía, dándole a su cuerpo alas mientras volaba sobre el bosque de camino a casa.
Las nubes eran pesadas y llenas, y pequeñas ráfagas de viento soplaban en la niebla emborronando el sol naciente. Las montañas se alzaban delante de ella… elevadas y cubiertas de nieve… ocultando calidez y un hogar bajo las capas de piedra. Se encontró sonriendo. Estamos en casa, envió a la manada. Casi. Tenía que explorar antes de bajar, comprobar la zona en busca de extraños.
Sintió a los lobos estirarse con cada uno de sus sentidos, al igual que lo hacía ella, nunca dando por sentada la seguridad. Así era como había logrado permanecer viva tantos años. Sin confiar en nadie. Sin hablar con nadie a menos que estuviera lejos de su morada. Sin dejar ningún rastro. Ninguna huella. La Asesina aparecía y luego desaparecía.
Se abrió camino en círculos apretados, más y más cerca de su guarida, todo el tiempo escudriñando en busca de espacios en blanco que quizás indicara a un vampiro, o la interrupción de energía que significaría que un mago podía estar en el área. El humo y el ruido quizás fueran humanos. Los Cárpatos eran más difíciles, pero tenía un sexto sentido con ellos y podía ocultarse si sentía a uno cerca.
