
El alfa saltó atrás y el alambre se tensó. Cuanto más luchaba, más le cortaba el alambre, estrangulando el aire de sus pulmones y aserrando la carne. La manada lo rodeó, su compañera se apresuró a ayudarlo. Ella comenzó a luchar cuando otro alambre le atrapó el cuello, casi haciéndola caer.
Por un momento hubo quietud, rota sólo por el aliento jadeante de los dos lobos atrapados. Una ramita chasqueó. La manada se giró y se disolvió en una ráfaga de sombras huidizas, de vuelta a la gruesa cobertura de los árboles. Los arbustos se separaron y una mujer entró en el claro. Iba vestida con botas negras de invierno, pantalones negros bajos en las caderas, un chaleco negro sin mangas que le dejaba el estómago al descubierto y tenía tres juegos de hebillas de acero recorriendo la mitad de él. Las seis hebillas eran brillantes, casi decorativas, con diminutas cruces encajadas en las piezas cuadradas de plata.
El abundante pelo negro azulado se extendía más allá de la cintura, peinado hacia atrás en una gruesa trenza. El largo abrigo con capucha que llevaba, hecho de lo que parecía ser la piel de un solo lobo plateado, le caía por todo el cuerpo hasta los tobillos. Llevaba una ballesta en la mano, una espada en una cadera y un cuchillo en la otra. Asomaban flechas del carcaj que llevaba sobre el hombro, y bajando por el interior de la larga piel del lobo había pequeños lazos que contenían varias armas de hojas afiladas. Una pistolera baja, adornada con filas de diminutas puntas de flechas planas y afiladas, albergaba una pistola en su cadera.
