– Disculpe, monsieur -dijo ella mientras se peinaba el pelo con los dedos-. Tenía que encontrarme con alguien en su comedor.

Cuando se giró hacia ella, se dio cuenta de que no había nadie más detrás de la barra. El hombre dejó el micrófono, presionó un botón de una pequeña grabadora, y la miró arqueando una espesa ceja.

– ¿De quién se trata? -le preguntó él, con alegría en unos ojos de párpados pesados.

El pelo gris y ralo del hombre, peinado hacia un lado, no cubría muy bien su calva coronilla.

Una larga manga de camisa azul sujeta al hombro por una medalla militar ocultaba lo que Aimée creía que era lo que le quedaba de su brazo. Detrás de la barra, había unas fotos en sepia de militares montados en jeeps para el desierto metidas en el deslustrado espejo biselado.

– Anaïs de… -Aimée intentaba a duras penas recordar el apellido de casada de Anaïs. Había ido a su boda hacía varios años-. Anaïs de Froissart… eso es. Me dijo que estaría en la parte de atrás.

– La única parte de atrás que hay aquí es el baño -dijo él-. Pídase algo, y podrá ver a quien quiera allí.

Sintió un escalofrío. ¿Qué estaba pasando?

– ¿Es posible que haya otro Café Tlemcen?

– Bien sûr, pero está a tres mil kilómetros de aquí, cerca de Orán -le explicó él-. En las afueras de Sidi-bel-Abbés, donde perdí el brazo. -Señaló su grabadora con la cabeza-. Estoy grabando la verdad sobre la guerra de Argelia, las luchas anticolonialistas de 1954 a 1961, y cómo nuestro batallón sobrevivió al bombardeo del fuego amigo de la oas.

¿Por qué había sugerido Anaïs ese lugar? ¿Se habría equivocado?

Aimée se acercó a la barra.

– Puede que haya entendido mal a mi amiga. ¿Ha usado una mujer su teléfono recientemente?

– ¿Quién es usted, mademoiselle, si me permite la pregunta?

– Aimée Leduc. -Sacó una húmeda tarjeta de visita del bolso y la puso sobre la pegajosa barra de cinc-. Mi amiga parecía nerviosa al teléfono.



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