Él la estudió, mientras con una mano volvía a colocar en la coronilla un mechón de pelo que se le había soltado.

– He estado ocupado con los repartidores.

– No es propio de mi amiga -dijo ella-. Estaba muy alterada. Oí un chirrido de frenos, un estruendo de voces.

Estudió el rostro del hombre para asegurarse de que estaba diciendo la verdad.

Salió cojeando de detrás de la enorme máquina cromada de café exprés hacia donde estaba ella.

– Entró una rubia que vestía ropa de marca y cadenas de oro -le explicó él-. Parecía como si se hubiera equivocado de dirección al salir del Crillon.

Tenía que ser Anaïs. Aimée mantuvo la compostura: ese hombre estaba resultando ser un observador muy útil.

Al no saber si debería salir en busca de Anaïs o quedarse a esperarla allí, Aimée se decidió por lo último. Tamborileó con las uñas rojas desconchadas sobre la barra. Recordó que Martine se quejaba de su hermana: siempre era «date prisa» y «espera».

– ¿La vio irse, monsieur?

Él negó con la cabeza.

Aimée se moría por un cigarrillo. Qué lastima que lo hubiera dejado hacía cinco días, seis horas y veinte minutos.

– Me dijo que quedábamos aquí. Volverá.

– Lo dudo -replicó él mientras la examinaba como si tomara una decisión.

– ¿Por qué?

– Me dio cien francos -dijo él-. Me dijo que la esperaba en el 20 bis de la rue Jean Moinon.

Aimée se puso tensa.

– ¿Por qué no me lo dijo antes?

– Tenía que estar seguro de que usted era la impaciente de ojos grandes -le explicó-. Me dijo que me asegurara de que era usted.

Señaló la calle con la cabeza.

– Sabía que la estaban siguiendo.

Aimée sintió por primera vez miedo.

El hombre inclinó ligeramente la cabeza.

– Teniente retirado Gaston Valat del sce, de la sección de inteligencia de la policía franco-argelina -dijo.



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