
Se cuadró lo mejor que podía un hombre cojo y con un solo brazo. Él se dio cuenta de cómo lo miraba.
– A votre service. No está nada mal, ¿eh?
No le sorprendió mucho ese cambió de actitud, y se imaginó que un viejo veterano como él agradecería un poco de acción.
– ¿Cuándo se fue Anaïs, Gaston?
– Hará una hora -le contestó él.
Se puso el bolso al hombro.
– Y como le dije a ella -dijo Gaston examinándola-, adieu.
* * *
Aimée se adentró a toda prisa en la cortina de agua. Llevaba sintiéndose cada vez más nerviosa a medida que transcurría la semana. La radio advertía que París se estaba preparando para ataques terroristas debido a la aplicación de la política contra la inmigración. Los flics estaban nerviosos, y Aimée sabía que cuando estaban nerviosos solían reaccionar de manera exagerada. De compras por el muelle, se había fijado en sus miradas inquietas. Había visto los antidisturbios de las crs con su uniforme azul oscuro y sus ametralladoras en su estación del metro, interrogando viajeros al azar. Incluso los clientes de la boulangerie que hacían cola delante de ella habían dado un brinco, sobresaltados por el repentino estruendo de cubos de basura. Parecía como si todo el mundo se estremeciera de miedo.
Cuando llegó al bulevar, ya había dejado de llover. El crepúsculo envolvía Belleville. Los padres arrastraban a sus hijos de tienda en tienda debajo de los paraguas, o los acallaban con baguettes en las atestadas marquesinas del autobús.
El aroma del comino que provenía del restaurante libanés de la esquina perfumaba el aire refrescado por la lluvia. Aimée había olvidado el bullicio y la vida de Belleville. Llegaron a sus oídos dialectos africanos. Pasó por delante de fachadas de tiendas de finales de siglo, abandonadas y cubiertas de grafitis. Oyó el claxon de los taxis, y a unos ancianos que regateaban en árabe en unos puestos de fruta. Unas mujeres senegalesas vestidas con ropas y tocados de estampados chillones compartían las escaleras del metro con sofisticados parisienses de negro.
