Beni Meyujas estaba perplejo: no había dejado de llover en toda la semana, sobre todo por las noches, y aunque los meteorólogos afirmaban con insistencia que eran unas lluvias esperadas y que el hecho de que se produjeran entonces, a principios de diciembre, marcaba el preludio de un invierno maravilloso, a él le parecía que eran el resultado de un conjuro del director del departamento de producción para impedir los rodajes nocturnos del Ido y Einam de Agnón, o en sus palabras: «Acabar por fin con esta cosa que ha devorado ya el presupuesto completo del teatro nacional». Perdida ya la esperanza de completar los últimos planos, que tuvieron que realizarse en secreto, por no decir en la clandestinidad, bajo la amenaza -es cierto que ningún miembro del equipo la había mencionado, pero todos sabían que existía- de que Mati Cohen, el director del departamento de producción, apareciera de repente en el plató y decidiera poner fin a los planos complementarios, la lluvia cesó de repente y apareció una luna llena, redonda y amarilla, que se avino a colaborar iluminando los pasos de la sonámbula Guemula, la protagonista del cuento de Agnón, mientras avanzaba con su andar sonámbulo por el borde de la baranda canturreando las canciones de su infancia.

En realidad, justo aquella noche, en que había dejado de llover y la luna empezaba a brillar, Mati Cohen iba camino del estudio; diez minutos antes de la medianoche se encontraba ya en el rellano del segundo piso, en el pasaje angosto y sin techo que se extendía sobre los almacenes, muy cerca de la puerta que llevaba a la azotea. Quienes estaban allí, sin embargo, no advirtieron su presencia porque no lo vieron pasar. Aunque se trataba de un hombre corpulento, sus pasos eran siempre rápidos y ligeros. Subió en silencio las estrechas escaleras de hierro y atravesó la sección de los decorados; algunos estaban iluminados por la tenue luz de unas bombillas desnudas mientras otros se hallaban en la más absoluta oscuridad.



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