
Miró hacia abajo y vio dos siluetas. Las vio desde arriba, y también oyó un murmullo y una voz de mujer protestando y diciendo «no, no, no, no», una voz que aunque le resultaba muy familiar, no era capaz de reconocer. No pudo saber con exactitud quiénes eran, probablemente un hombre y una mujer, pero, en cualquier caso, no les prestó demasiada atención en aquel momento: quizá fuera una pareja, robando unos momentos de amor, un romance clandestino. Parecían estar muy cerca cuando los vio desde arriba; unas manos, quizá las del hombre, rodeaban el cuello de una figura más baja, probablemente la mujer, pero no se detuvo a contemplarlos, sólo asomó la cabeza, echó un vistazo y prosiguió su camino, entonces, justo antes de abrir la puerta blanca de metal que daba a la azotea, vibró el móvil que tenía en el bolsillo. Si no llega a ser por esa llamada, la producción de la película de Beni Meyujas se habría interrumpido en aquel mismo momento. Pero le resultaba imposible dejar a Malka sola cuando Matán estaba asfixiándose por un ataque de asma. Le dijo en un susurro lo que debía hacer, le ordenó que llamara una ambulancia y se apresuró a volver sobre sus propios pasos. Literalmente echó a correr para llegar lo antes posible: era el tercer ataque en ese mes y el niño sólo tenía cuatro años, ¿qué otra cosa hubiera podido hacer? ¿Pararse a comprobar si la pareja seguía allí abajo? -tales fueron sus disculpas tras enterarse de lo que había ocurrido-. ¿Cómo hubiera podido saberlo? Se trataba de una urgencia.
