
Ninguno de los miembros del equipo oyó los pasos de Mati Cohen desde la azotea, ni cuando se detuvo frente la puerta blanca de metal ni cuando retrocedió.
– Perfecto -le susurró Schreiber, el cámara, a Beni Meyujas al oído-, el encuadre ha quedado perfecto, ¿no?
Beni Meyujas asintió, chascó los dedos, exclamó: «Acción», y se hizo momentáneamente a un lado para ver a Sara caminar con los ojos entrecerrados, agarrando con su pequeña mano el vuelo de la capa blanca, para apreciar sus comedidos pasos y la boca abierta mientras tarareaba la canción de la sonámbula Guemula, una melodía que le encogía a uno el corazón incluso en medio del barullo del rodaje y que resonaba con una pureza que se diría de otro mundo. Aunque en la azotea sólo se encontraban los miembros del reducido equipo: Schreiber, Dani, el técnico de sonido, él mismo y Hagar, su mano derecha, y ningún ruido había interferido el canto de Sara, Beni colocó sus manos a ambos lados de la boca a modo de bocina, para que lo oyeran mejor, y gritó: «¡Corten!» con voz potente. Schreiber retrocedió y le lanzó una mirada abiertamente cansada, mientras Hagar, que se encontraba cerca de la baranda, se le acercó.
– ¿Por qué? ¿Por qué había que cortar ahora? -preguntó con tono enfadado-. ¡Si estaba saliendo absolutamente perfecto, tan…, tan bonito!
Bonito, sí -replicó Beni Meyujas, y se tapó los ojos con las manos-, pero no lo suficientemente cerca del borde, no lo suficientemente aterrador.
– Diecisiete tomas -masculló Schreiber-, diecisiete tomas desde las once de la mañana, y es la una de la madrugada, la una bien pasada, y seguimos sin estar lo suficientemente cerca del borde de la baranda para él.
Hagar le lanzó una mirada llena de ira.
– A ti qué te importa, te basta con venir a las doce y un minuto (¡estamos jodidos!), y recibes un aumento del doscientos por ciento; ¿por qué protestas, entonces? -le espetó Hagar.
